Buscando un color para la economía cubana

Yociel Marrero Báez

Si se produce una transición, la pregunta es si el cambio será ordenado y visionario o caótico y reactivo. La historia sugiere que Cuba rara vez ha tenido el lujo de elegir. 

October 22, 2026

La economía cubana es, desde hace más de un siglo, un laboratorio de modelos de desarrollo. Ha pasado del monocultivo azucarero bajo influencia estadounidense al socialismo de planificación central subsidiado por la Unión Soviética, y de ahí a un híbrido de servicios, turismo y remesas que hoy colapsa bajo el peso de su propia ineficiencia. 

En cada etapa, el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) ha estado profundamente condicionado por el modo en que Cuba consume, transforma y depende de sus recursos naturales: bosques, suelo, energía, biodiversidad. 

El presente artículo compara el PIB con la presión sobre el capital natural en tres períodos —1930-1960, 1960-1990 y 1990-2020— para proponer, desde la evidencia histórica y la crisis actual, un modelo de desarrollo socioeconómico para el futuro de Cuba. 

Esta es una primera aproximación a una comparación histórica entre el PIB y el consumo de recursos naturales (1930–2020) con una propuesta de futuro.[1]

Cuatro períodos, cuatro "colores" económicos 

I. 1930–1960 (Blanco-Azúcar). La república azucarera y el agotamiento del bosque 

El PIB 

En el primer tercio del siglo XX, Cuba era una de las economías más prósperas de América Latina. El PIB estaba directamente vinculado a la exportación de azúcar, que representaba más del 30% del ingreso nacional. La Gran Depresión de 1929 contrajo severamente  ese PIB, pero a partir de 1940 las exportaciones se aceleraron debido a la Segunda Guerra Mundial. 

El PNB per cápita creció un 6% promedio anual hasta 1957, para luego reducirse un 4% entre 1957 y 1960 por el conflicto civil armado. En 1958, Cuba tenía un PIB per cápita de $2 363, lo que la colocaba en el medio del ranking entre las economías latinoamericanas. 

El consumo de recursos naturales

Este crecimiento tuvo un costo ambiental demoledor. Desde la colonización, Cuba había sido casi completamente boscosa (89.2% de cobertura en 1812), pero la expansión del monocultivo azucarero, cafetalero y tabacalero redujo la cobertura forestal a 54% en 1900 y a apenas 15-20% en 1926 (Dalhousie University; Environment & Society). 

El régimen neocolonial impuesto por la Enmienda Platt facilitó la explotación intensiva de  explotación intensiva de los recursos madereros y agrícolas. 

La pérdida de biodiversidad, la erosión del suelo y el agotamiento de la fertilidad natural acompañaron al crecimiento del PIB azucarero. El consumo de petróleo en 1959 —último año con registros corporativos estadounidenses— era de 50 000 a 60 000 barriles diarios (bpd), casi todo importado.

Balance

El modelo fue de extracción lineal: alta renta por exportación de materias primas con depredación acelerada del capital natural. El PIB crecía, pero la base ecológica se contraía. Cuba consumía sus bosques para construir sus ingenios y alimentarlos con leña, extrayendo fertilidad del suelo para exportarla como azúcar. 

II. 1960–1990 (Rojo-Socialista). El socialismo subsidiado y la intensidad energética importada 

El PIB 

Tras la revolución de 1959, Cuba reorganizó su economía bajo la planificación central y la alineación con el bloque soviético. El crecimiento fue desigual: el PIB per cápita cayó a un promedio anual de -0.7% entre 1959 y 1970, incluyendo el fallido intento de producir 10 millones de toneladas de azúcar en 1970. 

Luego, entre 1971 y 1989, el PIB per cápita creció a un 2.2% promedio anual, superior al promedio latinoamericano de 1.3%. En términos nominales —no comparables directamente con cifras de otros períodos por diferencias metodológicas—, pasó de aproximadamente 5 700 millones de dólares en 1970 a 28 600 millones en 1990. 

Sin embargo, este crecimiento estaba inflado artificialmente por los subsidios soviéticos, que representaron entre el 10% y el 40% del PIB cubano en distintos años, con un total estimado en 65 mil millones de dólares entre 1960 y 1990 (más de tres veces la ayuda estadounidense a toda América Latina mediante la Alianza para el Progreso). 

El consumo de recursos naturales

La dependencia energética se profundizó dramáticamente. La demanda de energía aumentó más del 165%, pasando de 107 000 bpd en 1957 a 286 000 bpd en 1980. El suministro total de energía primaria (TPES) pasó de 10 934 KTOE en 1971 a un pico de 16 877 KTOE en 1989.

La dependencia a las importaciones energéticas creció del 51% en 1970 al 71% en 1985. El petróleo soviético subvencionado proporcionaba más del 75% de la energía total de la isla. Cuba incluso reexportaba el excedente petrolero soviético a Europa Occidental a precios de mercado en dólares. 

Según algunos artículos que citan fuentes oficiales, en este período la cobertura forestal comenzó a recuperarse mediante programas de reforestación estatal y para el año 2000 la cobertura forestal había aumentado al 23%, aunque otros autores refieren que la relación bosque-territorio retrocedió a índices similares a 1959 (14% de cobertura forestal). 

Balance 

El modelo fue de crecimiento subsidiado y dependiente. El PIB crecía sostenido por transferencias externas (petróleo barato, precios inflados del azúcar soviética), pero la economía no generaba productividad autónoma. 

La intensidad material y energética era altísima: Cuba consumía más energía per cápita que muchos países de renta similar, pero con una productividad total negativa.

La reforestación fue un logro real, pero la huella de carbono y material de la economía seguía siendo insostenible sin el subsidio externo. 

III. 1990–2020 (Verde-Sin Remedio). El Período Especial, la terciarización y la "resiliencia" 

El PIB 

El colapso de la Unión Soviética, en 1991, provocó la mayor contracción económica de la historia de Cuba: el PIB cayó un 33% entre 1990 y 1993. 

Las tasas anuales de crecimiento fueron catastróficas. La economía solo comenzó a recuperarse en 1994, con un crecimiento promedio anual de 3.4% hasta 1999, impulsado por el turismo, las remesas y la inversión extranjera directa. 

En la década del 2000, con apoyo venezolano y chino, el PIB creció a un promedio del 5.3% anual. En términos nominales, el PIB alcanzó aproximadamente 107 mil millones de dólares en 2020, pero desde 2018, la economía se ha contraído más del 10% acumulado, y en 2020 sufrió una caída del 10.9%. 

El crecimiento promedio en las dos décadas posteriores a 1994 fue de apenas 1.8% anual, uno de los más bajos de América Latina. 

El consumo de recursos naturales 

El colapso soviético forzó una reducción drástica del consumo de recursos. Las importaciones de energía cayeron de 11 millones de toneladas equivalentes de petróleo (toe) en 1990 a 5.9 millones en 1993. El TPES descendió un 20% y los apagones se volvieron cotidianos.

El Período Especial obligó a Cuba a desarrollar prácticas agrícolas de baja huella: agricultura urbana y orgánica, tracción animal, reducción de agroquímicos. 

Sin embargo, a medida que la economía se recuperó con petróleo venezolano subsidiado, estas prácticas se abandonaron en gran medida. Para 2002, el 78.2% del suministro energético provenía de combustibles fósiles y el 93.3% de la electricidad se generaba con termoeléctricas. 

El consumo de petróleo alcanzó 209 000 bpd en 2003, pero la producción doméstica solo cubría una mínima parte. 

Balance

El modelo fue de ajuste forzado y terciarización. Tras el colapso del subsidio soviético, la economía cubana migró hacia servicios (turismo, exportación de servicios médicos, etc.) y dependencia de remesas.

El níquel y la biotecnología ocuparon el lugar del azúcar. El consumo de recursos naturales se redujo por empobrecimiento, no por diseño sostenible.

La economía se volvió estructuralmente frágil: sin soberanía energética, sin base industrial competitiva y con un sector agrícola incapaz de alimentar a la población. 

IV. 2020–2026 (Negro con Pespuntes Rojos). La crisis actual, el colapso que nadie quería ver

La crisis que atraviesa Cuba hoy supera en muchos aspectos al Período Especial de los años 90. En julio de 2026 la isla sufrió su tercer apagón nacional en menos de dos semanas, dejando a aproximadamente 10 millones de personas sin electricidad. 

El bloqueo petrolero impuesto por los Estados Unidos en enero de 2026 cortó los suministros de Venezuela y México, y las plantas termoeléctricas —muchas de las termoeléctricas de los 60 y los 80— están “viejas, rotas y cansadas”, en palabras del profesor Jorge Piñón. 

La crisis demográfica es igualmente devastadora. Según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información de Cuba (ONEI), la población cerró 2025 con 9 434 593 habitantes, una caída del 16% desde los 11.2 millones de 2017. En 2025 hubo apenas 68 051 nacimientos frente a 134 354 defunciones, y el saldo migratorio neto fue de -245 264 personas. 

Según el demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos, aproximadamente 2.75 millones de personas han abandonado la isla desde 2020. Y según The World from PRX, citando datos de la ONU, casi 3 millones no tienen acceso a agua corriente. 

Ante esta realidad, la Asamblea Nacional del Poder Popular aprobó el paquete de reformas de mercado más amplio en más de seis décadas: legalización de bancos comerciales privados, apertura de un mercado oficial de divisas y eliminación del sistema de subsidios universales. 

El reconocimiento tácito es claro: el modelo existente es un fracaso. 

Esta infografía elaborada por Yociel Marrero Baez resume la evolución histórica de la economía cubana entre 1930 y 2026 a través de cuatro periodos y colores: blanco (república azucarera), rojo (socialismo subsidiado), verde (período especial y servicios) y negro con pespuntes rojos (crisis actual y colapso energético). Cada etapa contrasta el comportamiento del Producto Interno Bruto (PIB) con el impacto y la alta presión sobre los recursos naturales y energéticos del país. Más consideraciones finales.

Hacia un nuevo color: propuesta de modelo de desarrollo 

V. Predicción-sugerencia. Hacia una economía verde-azul (rosada) para Cuba 

Si se produjera una transición política e institucional —escenario cada vez más probable, dado el agotamiento del modelo y la presión externa—, Cuba no debería simplemente imitar el modelo capitalista neoliberal que tanto daño ha hecho a otros países del Caribe y América Latina. 

Tampoco puede repetir el modelo de extracción lineal del período 1930-1960, ni el de dependencia subsidiada de 1960-1990. La historia ofrece la lección: cada vez que Cuba ha vinculado su crecimiento a una fuente externa de recursos —el mercado azucarero estadounidense, el petróleo soviético o el crudo venezolano —, el colapso ha sido inevitable cuando esa fuente se ha interrumpido. 

Cuba necesita un modelo que combine crecimiento económico, sostenibilidad ambiental y justicia social. 

La propuesta es una economía verde-azul (rosada), definida por seis ejes: 

1. Soberanía energética con participación sustancial de energías renovables 

Cuba importa actualmente más del 60% del petróleo que consume y su red eléctrica colapsa de manera periódica. Recibe aproximadamente 2 847 horas de sol al año —unas 7.8 horas diarias— con una radiación solar de 5.4 kWh/m² por día. 

Desde hace mucho tiempo se ha planteado como meta generar el 37% de la electricidad mediante fuentes renovables para 2030. Una transición acelerada hacia solar, eólica y biomasa —bagazo de caña en caso de que se recupere la industria azucarera, como también debe hacerse—, podría reducir sustancialmente la dependencia a importaciones energéticas. 

Asumiendo un sistema de producción de energías renovables descentralizado, con micro-redes solares y eólicas en municipios con participación comunitaria y cooperativas. Esto requiere inversión privada nacional y extranjera con seguridad jurídica. 

2. Agricultura regenerativa y soberanía alimentaria 

El Período Especial demostró que cuando se ve obligada, Cuba puede alimentarse con agricultura orgánica y urbana. El modelo futuro debería institucionalizar esa experiencia: cooperativas agrícolas con autonomía de gestión, agroecología, restauración de suelos y eliminación progresiva de la dependencia de insumos importados. 

Hoy Cuba importa alrededor del 70% de los alimentos que necesita, a un costo de 1 700 millones de dólares anuales. Este es el indicador más claro de fracaso del modelo vigente. 

Se debe establecer el uso de variedades de semillas y cultivos nacionales bien estudiados que ya tienen probada resistencia a plagas y enfermedades con altos rendimientos productivos, para detener que prolifere la incipiente propuesta de usar transgénicos (organismos genéticamente modificados) en algunos cultivos.

Los planes deben propiciar la aplicación de elementos de una agricultura orgánica, no intensiva, sin el empleo de fertilizantes químicos, adaptada a los tipos de suelo y su vocación de uso en cada territorio y a la disponibilidad de agua para el riego de las plantaciones. 

Estas sencillas proyecciones garantizarán que la agricultura en ningún momento de su desarrollo futuro constituirá una fuente de contaminación ni de sobreexplotación y deterioro de las fuentes de abasto de agua, como hoy sucede en Cuba. 

El modelo agrícola que se adopte tiene que ser establecido a escala local, así como las producciones agroindustriales y la comercialización. 

3. Economía circular, transporte y diversificación industrial: uso racional de recursos naturales 

Cuba no puede depender de un solo producto (azúcar, turismo o servicios médicos). Debe construir una base industrial ligera orientada a la sustitución de importaciones, el procesamiento de materias primas locales (níquel, biotecnología, pesca) y la economía circular —reciclaje, bioempaques, valorización de residuos orgánicos. 

Su industria biotecnológica, con cierta capacidad competitiva internacional, debería expandirse con alianzas estratégicas. Proponemos diversificar y encontrar alternativas concretas a los medios de transporte utilizados hoy y a su estructura organizativa, teniendo en cuenta las condiciones y necesidades de cada territorio y las características geográficas del país. 

Además de la recuperación y el fomento aún incipiente del transporte ferroviario, que debe integrarse más a la infraestructura logística nacional, hay que implementar acciones para desarrollar el transporte y la comunicación marítima y recuperar su importante papel en el desarrollo económico de épocas anteriores, aprovechando los diferentes puertos y embarcaderos que hay a lo largo de las costas cubanas. 

Con este sentido hay que recuperar la navegación de cabotaje, que desde el siglo XIX suplía ventajosamente las comunicaciones terrestres y en la actualidad puede ser una opción que, bien estudiado su alcance, debe integrarse a la solución ambiental y económica de la compleja situación del transporte en el país.

Hay que planificar e incentivar el incremento en áreas urbanas y periurbanas del uso de la bicicleta para el desplazamiento de las personas en su vida diaria, lo que contribuiría a descongestionar el sistema de transporte público, disminuir sus emisiones contaminantes y aumentar los niveles de salud en la población por la práctica de ejercicios físicos. 

Para ello se deben implementar acciones de organización y respeto vial y aumentar la producción de bicicletas con sus piezas de repuesto, lo que genera otro incentivo productivo de amplia demanda, beneficioso también para la economía. 

Tiene que haber planes complementarios a las estrategias de desarrollo económico para la restauración de bosques y suelos con especies autóctonas, la gestión integrada del agua con la protección de cuencas y el uso de tecnologías de riego eficiente; todo esto potenciado por incentivos fiscales. 

4. Turismo de baja huella ecológica 

El modelo de turismo de sol y playa, de bajo valor agregado y alto consumo energético, debe evolucionar hacia un turismo de naturaleza, cultural y científico que valorice los ecosistemas cubanos en lugar de degradarlos con límites de carga y postulados económicos que asuman los costos ambientales. 

Los arrecifes coralinos —particularmente Jardines de la Reina—, se encuentran entre los mejores conservados del Caribe debido a la ausencia de contaminación agrícola industrial y a una red de áreas marinas protegidas que cubre el 25% de sus aguas. 

Un estudio reciente señala que los arrecifes cubanos representan el 10% de los arrecifes del planeta con mayor probabilidad de sobrevivir hasta fin de siglo. Su protección es, a la vez, un activo económico y una obligación ecológica. 

El turismo tiene que concebir su desarrollo con todos los requerimientos tecnológicos más actuales de la gestión ambiental que disminuyan los niveles de consumo de recursos naturales y con un sistema de manejo de los desechos más eficaz, desde la reducción al mínimo posible del uso de plásticos y otras sustancias contaminantes. 

Hay que aplicar variantes ya probadas en los sistemas de riego de la jardinería, la climatización y las lavanderías, que reduzcan la huella ecológica de la actividad turística. 

5. Sector privado, mipymes y desarrollo de espacios urbanos 

Es más que evidente que un modelo futuro debería descentralizar la gestión económica y el desarrollo urbano: fortalecimiento de pequeñas y medianas empresas privadas y cooperativas con un marco regulatorio claro y un sector público eficiente que garantice equidad. 

Las reformas aprobadas en 2026 — bancos privados, mercado de divisas, etc.— están encaminadas a eso, pero no son suficientes. Deben acompañarse, en primera instancia, de una verdadera apertura política y social. Además, complementariamente, el desarrollo del sector privado tiene que estar escoltado por un plan de capacitación a los emprendedores en la relación de su gestión con el medio ambiente, de su actividad económica y sus potencialidades con el desarrollo sostenible del territorio. 

Las regulaciones que rigen su labor no pueden circunscribirse solamente a las sanitarias y tributarias. Deben ampliarse al uso del agua y la energía, ofreciéndoles variantes técnicas y de manejo para la gestión ambiental de su negocio teniendo en cuenta la considerable presencia económica que han alcanzado, el consumo de recursos de todo tipo que generan sus producciones y servicios y los beneficios sustanciales que puede brindar a los territorios su actividad económica inclusiva y ambientalmente responsable. 

Es primordial incluir en los beneficios fiscales e incentivos económicos a las pequeñas y medianas empresas privadas que surjan y desarrollen su labor bajo estos preceptos o se dediquen a generar cadenas de valor a través de la creación de los llamados empleos verdes (puestos de trabajo en beneficio de la protección y recuperación ambiental). 

Al mismo tiempo, se deben crear los mecanismos para que se integren a la prosperidad del territorio los aportes de todo tipo de estas empresas, resultado de la aplicación de los elementos de responsabilidad social empresarial en su gestión y se estimule así también la inversión social y ambiental. 

El sector privado tendrá que cumplir un papel principal en la recuperación y desarrollo de los espacios urbanos. Las viviendas y comunidades que se construyan tendrán que ser bioclimáticas, adaptadas a nuestras cada vez más elevadas temperaturas, con un sistema de ventilación que reduzca la necesidad de climatización y el uso de la iluminación artificial. 

Hay nuevos tipos de construcciones, materiales y técnicas, desarrolladas en centros universitarios nacionales. Al mismo tiempo que garantizan la durabilidad de la inversión y no implican el uso de más recursos, pueden hacer que las nuevas comunidades construidas tengan mejor calidad de vida por su integración a los demás elementos del ecosistema. 

En función de este propósito, los nuevos asentamientos humanos tienen que diseñarse desde el principio con un sistema apropiado de recolección y tratamiento de los desechos sólidos y líquidos a fin de que no contaminen aún más los cuerpos de agua, ni se deterioren sus condiciones higiénico-sanitarias. 

Además tienen que estar concebidos los espacios verdes y áreas comunes, siguiendo estrictamente las regulaciones urbanísticas de vías de acceso, tipos de recubrimientos, drenajes y arbolado urbano. 

6. Integración de la diáspora y el envejecimiento poblacional 

Con aproximadamente 2.75 millones de cubanos fuera de la isla, la diáspora constituye un activo económico y humano sin precedentes. 

Un modelo futuro tiene que contar con la inversión de los cubanos en el exterior, el retorno de talentos y la circulación de conocimiento. Esto tiene relación directa con el grave proceso de envejecimiento poblacional, que debe estar previsto de forma práctica y coherente en todas las planificaciones económicas y políticas sociales  a largo plazo. 

Existen acciones inmediatas a implementar para concebir los aportes específicos en áreas de producción o servicios que puedan continuadamente ofrecer los diferentes grupos etarios según sus capacidades, para mantenerlos en el proceso de generación de valor en la sociedad y no solo verlos como gastos. 

Se debe establecer un sistema para que parte de los beneficios económicos generados por los adultos mayores (en el país o de la diáspora) que se mantengan trabajando después de su jubilación no vayan a las arcas del Estado y se ingresen en una cuenta específica del presupuesto público de cada territorio. Que se dedique a las necesidades sociales de la población de la tercera edad y a contribuir a la creación de residencias, hospitales geriátricos, asistencia domiciliaria y cualquier otro recurso para mejorar la vida de las personas mayores. 

Conclusión 

Los tres períodos analizados revelan un patrón recurrente: la economía cubana ha crecido siempre a costa de o dependiendo de recursos externos, sin construir nunca una base productiva propia y sostenible. 

El color que Cuba necesita para su economía no es el marrón de la tierra agotada, ni el gris del industrialismo dependiente, ni el dorado ilusorio del turismo de bajo valor. 

Es un verde-azul (rosado): el verde de la agricultura regenerativa y la soberanía energética, y el azul del mar que rodea a una isla que debe aprender a vivir de sus propios recursos sin destruirlos. 

Un modelo que integre a su gente (dentro y fuera de la isla) como protagonistas del desarrollo; y que se inserte en el mundo con identidad, no con dependencia.

Debemos aprender a dilucidar de forma participativa preguntas como las siguientes: ¿En dónde y en qué se necesitan más inversiones?, ¿Qué criterios vamos a usar para evaluar una inversión como ventajosa, su inversionista como un partner seguro?, ¿Invertir en recuperar lo existente o en construir nueva infraestructura o en formar y actualizar las capacidades técnicas y profesionales de nuestra fuerza laboral? 

Es la única manera de saber qué tipo de inversiones queremos. Toda inversión tendrá que partir de su proyección social y ambiental como única forma segura de obtener los esperados rendimientos económicos y el soporte a las políticas sociales. 

Las inversiones tienen que concebirse desde el comienzo utilizando fuerza de trabajo y recursos locales para garantizar que contribuyan directamente al bienestar del territorio donde se realizan. 

La crisis actual es tan profunda que cualquier transición será dolorosa. Pero es también, quizás, la primera oportunidad en seis décadas de rediseñar el modelo desde cero con la ventaja de no tener que defender un sistema que ya nadie considera viable. 

Si se produce una transición, la pregunta será si el cambio será ordenado y visionario o caótico y reactivo. La historia sugiere que Cuba rara vez ha tenido el lujo de elegir. 

Esta vez quizás sí lo tenga. Hagamos todo para que la elección sea un modelo socioeconómico que no solo busque crecer, sino crecer bien.

[1] Como no existe una serie homogénea de consumo de recursos naturales para Cuba desde 1930, este artículo utiliza otros indicadores: consumo energético, importaciones de petróleo, cobertura forestal, y dependencia importadora. Asimismo, las metodologías de cálculo del PIB cambiaron tras la Revolución —Cuba adoptó el Sistema de Balances de la Economía Nacional soviético en lugar del Sistema de Cuentas Nacionales—, por lo que las cifras nominales de distintos períodos no son directamente comparables y deben leerse como tendencias.


 

Retrato de primer plano de un hombre maduro de piel morena, cabello rizado canoso y barba frondosa recortada también con canas. Lleva espejuelos de armazón oscuro, una camisa blanca con corbata de estampado floral en tonos azules y una chaqueta de vestir gris. En la solapa de la chaqueta lleva un pin circular multicolor que representa los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Yociel Marrero Báez ha sido Director del Programa de Medio Ambiente y Consumo de la Fundación Antonio Núñez Jiménez para la Naturaleza y la Humanidad. En el marco de este programa, desarrolla estrategias para alternativas socioeconómicas que contribuyen al desarrollo sostenible de la sociedad cubana. Realizó sus estudios de pregrado en Moscú y se graduó como ingeniero ambiental en La Habana. Marrero obtuvo su maestría en Gestión Integral de Ecotecnologías en la Universidad Estatal de Humboldt, California, Estados Unidos. En 2008, en reconocimiento a su labor en la creación del sistema de tecnologías ambientales para el saneamiento de la Cuenca Almendares-Vento, recibió el prestigioso Premio de Arquitectura e Ingeniería, otorgado por el Colegio de Ingenieros de Cuba. Durante más de 10 años, Marrero trabajó en el Gran Parque Metropolitano de La Habana como director de investigación y desarrollo, liderando el programa de saneamiento de la Cuenca del Río Almendares, la más importante de la capital cubana. Ha asesorado proyectos en República Dominicana, Colombia, Argentina y Brasil. Ha impartido conferencias y cursos en la Universidad de California en Davis y Berkeley, en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, en el Centro MacMillan de Yale, en New Heaven y en CUNY. Fue profesor en la École des Ponts de París, en la Universidad de São Pablo de Brasil, en la Universidad de Santa Fe de Argentina y en la Universidad Técnica de Pereira, Colombia.
Yociel ha organizado múltiples conciertos y ha sido curador de varias exposiciones de arte para promover la protección de los recursos naturales, los cuales se han convertido en referentes de espacios abiertos para la comunicación social entre diferentes grupos e instituciones, con el fin de establecer vínculos armónicos entre los procesos de desarrollo socioeconómico de Cuba. Es un promotor activo de nuevos modelos económicos y estándares de consumo.