La crisis energética en Cuba: raíces estructurales y perspectiva comparada
Durante años, el país dirigió la inversión sin dar prioridad a la recuperación del parque termoeléctrico ni a la modernización de redes, a pesar del deterioro acumulado.
Cuba atraviesa la peor crisis eléctrica de su historia reciente. Los apagones prolongados dejaron de ser un episodio coyuntural y se convirtieron en una condición casi permanente que afecta la vida cotidiana, paraliza la actividad productiva y acelera el deterioro de los servicios esenciales.
El problema no es solo la “falta de capacidad”. Se trata de un sistema que opera con mantenimiento insuficiente, combustible incierto y una red cada vez más frágil, en el que cualquier choque —técnico, logístico o financiero— se traduce en apagones masivos.
Este artículo tiene como objetivo explicar por qué la crisis del sistema eléctrico es, principalmente, un problema económico y de asignación de recursos, además de técnico.
La cuestión no es trivial. La electricidad es un insumo fundamental. Sin un suministro estable no hay recuperación industrial, ni mejora sostenida del bienestar. Y tampoco confianza para atraer financiamiento.
La estructura del texto comprende cinco secciones: tras la introducción, se repasan los antecedentes; luego, se identifican los factores estructurales responsables del declive actual (como la producción y la inversión); después, se documenta la crisis y se sitúa a Cuba en el contexto regional; y finaliza con algunas reflexiones.
Antecedentes: la “Revolución Energética” y sus brechas
El sistema energético de Cuba ha dependido principalmente de combustibles fósiles, siendo los más contaminantes los predominantes, y muestra poca diversificación. Durante años, un aliado proporcionó combustible en condiciones preferenciales, lo que minimizó los incentivos para diversificar las fuentes de energía, incrementar la eficiencia y fortalecer la base financiera para mantener la infraestructura eléctrica.
La “Revolución Energética” expandió la generación distribuida para llevar más capacidad cerca de los centros de consumo y reducir los problemas de transmisión. Además, mejoró técnicamente la flexibilidad operativa y la resiliencia frente a desastres naturales.
No obstante, dejó tres deficiencias principales. En primer lugar, no cambió la lógica del sistema, que siguió dependiendo de combustibles fósiles y migró hacia opciones más costosas como el diésel. En segundo, introdujo nuevas vulnerabilidades: un parque disperso requiere una logística estable para combustible, lubricantes y repuestos para varias unidades, lo cual es más difícil y costoso sin divisas.
Y en tercero, no avanzó en la incorporación de energías renovables. Debido a un modelo económico y agrícola disfuncional, la caída de la agroindustria cañera, la fuente renovable más tradicional, no se detuvo. El país reconfiguró parcialmente el sistema, pero pospuso decisiones como modernizar el parque termoeléctrico, reducir lasco, aminorar las pérdidas en la red, diversificar las fuentes y crear reservas financieras para resistir shocks externos.
Crisis estructural: economía estancada y decisiones de inversión
El sistema eléctrico necesita inversiones constantes en mantenimiento, reemplazo de equipos, modernización de redes y adquisición de insumos. En escenarios de crisis económica prolongada, opera como un multiplicador de problemas. Menor producción provoca una disminución en las divisas y en la recaudación, reduciendo los fondos disponibles para mantenimiento, lo que aumenta las fallas, disminuye la actividad productiva y eleva los costos.
En Cuba, esta dinámica sigue un patrón de bajo crecimiento y de desequilibrios macroeconómicos persistentes. La inversión se mantiene baja en comparación con países que necesitan incrementar su stock de capital físico.
Por ejemplo, un estudio del Banco Mundial señala que las inversiones deben aproximarse al 25% del PIB anual para promover el crecimiento y evitar cuellos de botella en la infraestructura.
Además, el valor agregado de las ramas productoras de bienes muestra un desempeño aún más insatisfactorio que el del promedio general (Figura 1). Indicadores físicos como la disponibilidad de cemento y acero, reflejan los límites materiales del modelo para mejorar la eficiencia, la inversión y la capacidad exportadora.
Figura 1 Cuba: PIB, Valor agregado (sectores seleccionados) y tasa de inversión, 1985-2024
Fuente: Elaboración propia a partir de datos oficiales. (2024). Evolución del PIB a precios constantes, el valor agregado de los sectores primario y secundario, y la tasa de inversión en Cuba. Cálculos propios basados en el Anuario Estadístico de Cuba (varios años).
Entre los países analizados (ver Tabla 1) se evidencia una clara tendencia: a mayor PIB per cápita, mayor es el consumo aparente de acero per cápita, en línea con la literatura sobre industrialización.
Cuba es un caso atípico: su consumo medio de cemento (44 kg) y acero (10 kg) está muy por debajo de países con ingresos similares, como Argelia, Egipto, Indonesia, Vietnam o Marruecos.
Las diferencias son aproximadamente -82% en cemento y -87% en acero respecto a la predicción basada en el patrón del grupo. Ambos insumos son esenciales para infraestructura eléctrica, vivienda, transporte y plantas industriales.
La crisis actual de energía eléctrica debe interpretarse en este contexto más amplio, relacionado con el estancamiento económico y la reducción de recursos clave para el desarrollo. Por ello, no se trata de una situación excepcional ni de una simple coyuntura.
Tabla 1 Consumo de cemento y acero en economías seleccionadas
Fuente: Elaboración propia. (2024). Consumo de cemento y acero en economías seleccionadas y PIB per cápita promedio (2019–2024) [Tabla]. A partir de datos de la World Cement Association, World Steel Association y Banco Mundial (Indicadores del Desarrollo Mundial).
Nota: No existen datos oficiales ni cálculos universalmente aceptados sobre el nivel del PIB per cápita de Cuba expresado en dólares. El dato que se muestra en la tabla es el promedio de los valores reportados por la CEPAL y el Banco Mundial.
Los problemas actuales también reflejan decisiones en política económica y asignación de recursos. Durante años, el país dirigió la inversión sin dar prioridad a la recuperación del parque termoeléctrico ni a la modernización de redes, a pesar del deterioro acumulado.
En su lugar, se enfocó en construir hoteles de alto nivel, que mantienen una ocupación constantemente por debajo del 30%. Aunque no es la única causa, esta situación ayuda a entender por qué el sector eléctrico llegó a la crisis con un retraso en mantenimiento y modernización, dificultado por la escasez de divisas. Lo esencial es la coherencia a largo plazo. Un país puede escoger qué sectores priorizar, pero si pospone la infraestructura que permite el crecimiento del resto de la economía, termina asumiendo costos sistémicos en productividad, bienestar y estabilidad.
Perspectiva regional comparada
Los indicadores energéticos de 2024 muestran que Cuba tiene una disminución en generación, consumo reducido, dependencia externa y rezago en energías renovables (Figura 2). Esto explica cómo shocks en combustibles causan apagones y deterioro del bienestar.
Figura 2 Indicadores seleccionados de energía para Cuba y países y regiones seleccionados de América Latina y el Caribe (2024)
Fuente: Elaboración propia. (2025). Indicadores seleccionados de energía para Cuba y países y regiones de América Latina y el Caribe (2024) [Figura]. Sobre la base de datos de la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), Panorama energético de América Latina y el Caribe 2025.
Nota: El Índice de Autarquía Energética se define como la producción doméstica total de fuentes de energía primaria (petróleo crudo, gas natural, carbón mineral, energía nuclear, hidroenergía, geotermia, eólica, solar, leña, bagazo de caña de azúcar, biogás, bioetanol, biodiésel, otra biomasa y otras fuentes primarias), dividida entre la oferta total de energía. Cuando el índice es mayor que 1, el país es exportador neto de energía; cuando es igual a 1, el país es autosuficiente energéticamente; y cuando es menor que 1, el país es importador neto de energía.
Desde 2020, la generación ha disminuido en una cuarta parte, llegando a 15,918 GWh en 2025. Las plantas termoeléctricas y la generación distribuida perdieron unos 900 MW en capacidad instalada, además de verse afectadas por baja fiabilidad operativa y escasez de combustible.
En 2024, el déficit diario promedio fue de 570 MW en verano y aumentó a 1,317 MW en el último trimestre, con tres colapsos totales del sistema. Durante 2025, las interrupciones diarias promediaron 1,531 MW, alcanzando picos de 2,054 MW.
Cuba tiene un consumo final de energía per cápita mucho menor que los promedios regionales (0.46 toneladas equivalentes de petróleo por persona, en comparación con 1.0 en América Latina y el Caribe). En electricidad, también está en la parte baja: 1,414 kWh per cápita, por encima de Guatemala (720) y debajo del promedio regional (2,334). La clave: la crisis no se debe a una demanda “excesiva”. Incluso con un consumo modesto, el sistema funciona al límite.
Los índices de “renovabilidad” sitúan a Cuba como un caso extremo. La proporción de renovación en la generación eléctrica casi no alcanza el 3.7%, muy por debajo de República Dominicana (16.6%), del Caribe en conjunto (10.4%) y, especialmente, de Centroamérica (67%) y Guatemala (59.2%). Este patrón se refleja también en la oferta total de energía primaria (8.1%) y en el consumo final (8.8%). En la práctica, Cuba depende estructuralmente de combustibles fósiles importados y ha incorporado energías renovables a un ritmo insuficiente para modificar esa situación.
Se puede afirmar que esta realidad comenzó a cambiar en 2025 con la incorporación de parques solares fotovoltaicos a gran escala. Informes de la prensa oficial indicaron que en octubre el 9% de la generación eléctrica total provino del sol, aunque las demás fuentes renovables tienen una participación casi simbólica.
Para fines de 2024, Cuba contaba con aproximadamente 280 MW de instalaciones fotovoltaicas conectadas a la red, cifra que aumentó a unos 1,084 MW al cierre de 2025. Sin embargo, este avance no evitó el aumento de los cortes de electricidad, que ocurren en un contexto de pérdidas en el sistema.
Finalmente, el Índice de Autarquía Energética de Cuba es 0.43 (menor que 1), lo que indica que el país es un importador neto y tiene una base doméstica limitada para mantener la oferta energética frente a shocks. Esto es más similar a Centroamérica (0.45) que al promedio de América Latina y el Caribe (1.14). En una economía con restricciones crónicas de divisas, esa dependencia genera un cuello de botella macroeconómico. Cuando faltan combustibles, la generación eléctrica disminuye, la producción y los servicios se detienen, y los costos sociales aumentan.
En el análisis regional (Figura 2), Cuba se distingue no solo por su bajo nivel de consumo, sino también por contar con una matriz energética poco diversificada y con poca capacidad de renovabilidad, además de una autonomía energética limitada. Esto provoca un sistema sumamente vulnerable: pequeñas interrupciones externas generan efectos internos considerables. La estrategia definida indica que incrementar la inversión en el sector energético (incluyendo infraestructura, generación, gestión de la demanda y energías renovables), no es solo un objetivo ambiental, sino una condición clave para estabilizar la economía y disminuir vulnerabilidades.
Consideraciones finales
La recuperación del sistema eléctrico necesita más que simplemente añadir megawatts en capacidad instalada. Requiere acceso a financiamiento, disciplina operativa y un marco de incentivos que valoren la productividad y el mantenimiento. Sin estos fundamentos, la red continuará en un ciclo de soluciones temporales —más racionamiento, mayor desgaste y pérdidas— que deterioran la actividad económica y aumentan el malestar social.
El punto de partida, por tanto, no es exclusivamente energético. Si Cuba aspira a tener una red eléctrica funcional y confiable, primero debe resolver su crisis económica de fondo: estabilizar la macroeconomía, recuperar la capacidad de pago externo y crear condiciones para una inversión sostenida. Eso no ocurrirá sin reformas económicas significativas —que liberen recursos, reduzcan distorsiones y permitan decisiones de inversión más racionales—, porque no hay una transición energética viable sobre una economía estancada.
